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A pie por el pasaje

abril 5, 2010

Por: Sara Puerta

Los zapatos están rotos. Cada uno de ellos mide 26 cm y recorrer Tejelo me lleva 750 pasos, con los pies juntos. Cada 100 pisadas marco el lugar más próximo. Así sé desde dónde comenzar de nuevo si me equivoco.

Las avenidas del centro de Medellín suelen estar saturadas de llantas que aceleran por el cambio a verde del semáforo y personas que compiten por llegar más rápido a ningún lugar. Pero hoy es viernes santo. Los almacenes están cerrados. El paisaje se llena de borrachos conversando, indigentes que almuerzan y prostitutas con faldas cortas y pregones de sensualidad callejera. Se puede caminar por la mitad de esas calles sin escuchar el claxon amenazador que parece gritar “te quitas o te mato”. Están los buses pero ellos tampoco aceleran en el debate de destruir o no al transeúnte. Pasan por mi lado como moscas gigantes.

Después de cruzar la plazoleta de adoquines blancos, esculturas gordas hechas de bronce, fotógrafos y vendedores, está el pasaje Tejelo. Para llegar allí un día que no sea en Semana Santa, es necesario sortear a la suerte para cruzar la calle y llegar vivo al otro andén de la Avenida de Greiff. Esta calle de 21.750 cm aproximados tiene en su inicio un cartel metálico de fondo verde y letras ubicadas en forma vertical. Cuando uno ingresa un nudo de aromas lo gobierna todo. Este viernes el cielo comienza a oscurecer, en esta semana a Tejelo llevan peces muertos, con ojos brillantes y escamas arrancadas, el canto de los vendedores por ofrecer el bagre o el bocachico más grande o fresco. 

Zapatos azules.

La calle tiene eco propio. Se escucha por doquier voces pregoneras de diferentes frutas y alimentos preparados, cuando busco su origen sólo veo a personas que se concentran en narrar su vida a compañeros o vecinos del puesto de frutas. Parece que las voces están siempre allí, pegadas a las paredes.

Tejelo termina en Juanambu, una calle angosta de moteles que acogen a amantes y clientes de amor por 14 mil pesos la noche. Este pasaje de colores tropicales tiene más de 30 puestos de ventas. En todos ellos más de 50 tipos diferentes de frutas y verduras llegan cada madrugada de la plaza de abastos, La minorista Manuel Antonio Uribe. Tejelo no tiene grandes techos iluminados ni carteles donde se anuncian las propiedades benéficas que tiene cada fruta, tampoco necesitan promociones de ventas. Las frutas son baratas porque, compradas para vender en pequeñas cantidades, los comerciantes prefieren dar buenos productos y “enganchar clientes”. Los que allí compran saben que lo que llevan en sus bolsas de plástico está fresco y muchas veces vienen en fincas y cultivos en las altas laderas de las montañas antioqueñas.

Estela Manrique tiene ojos oscuros. Contrasta con su iris azabache los anillos celestes que desde hace 4 años le están quitando la visión, “son los años, que no llegan solos”. Sus padres eran de San Cristobal y allí tenían un cultivo de legumbres. “Así fue como comencé a vender acá. Al principio no me gustaba mucho tener que bajar desde la vereda todos los días con los costales al hombro, pero después de los años uno se va acostumbrando. Cuando me casé mi papá me regalo mi propio puesto acá y, aunque en una época esto se puso muy maluco, con muchos indecentes y sinvergüenzas, a punta de frutas levanté a mis hijos y ahora a dos ñietos del hijo mayor”.

 Algunos días, como éstos de Semana Santa, al pasaje de frutas le faltan clientes. Pero muchos comerciantes, como la anciana que viste delantal de flores púrpura y zapatos acolchonados, no pierden la oportunidad de vender. Ella se rié y los labios secos se le hunden en el hueso que antes sostenía los dientes. El mentón se le hace más pronunciado y, aunque hablando se ve tierna e inofensiva, cuando se carcajea toma el aspecto de una bruja de cuentos clásicos frente a su caldera: “Parece que nos turnamos para abrir, cuando yo amanezco cansada de estas rengas, Gilma abre el puesto de ella y preciso cuando yo me levanto con bríos ella se enferma ¿cierto, ole?” Gilma es su compañera en el puesto contínuo al suyo. Ella también se rié y deja ver los puntos negros que algún odontólogo puso en las muelas cuando le sacó algunas caries, se lleva la mano a la punta de la nariz y dice: “Muy de buenas que nos encontró juntas, las reinas del lugar”. Las dos lanzan manotadas al aire y se carcajean más. Estela empaca en una bolsa negra tres pimentones criollos para rellenar. Le doy mi billete de mil pesos y me marcho. 

“Oiste mona, ¿cuántos pasos contaste?” Me preguntó el piloto de un carro metálico con plancha para freír, poner los tarros con salsas y las servilletas. Las bolitas de albóndigas brincaban en la grasa y le dije: 750 pasos. Miró mis zapatos y le parecieron muy grandes “!con esa patica suya!”.

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